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Para Cerrar el Mes de la Herencia Hispana, Le Damos las Gracias a la Juez Sonia Sotomayor / Thanking Justice Sonia Sotomayor as Hispanic Heritage Month Comes to a Close

Traducido por Diali Avila. Scroll down for a version in English. 

El día antes de que el Senado votara para confirmar a Brett Kavanaugh ante la Corte Suprema, tuve el agridulce placer de ver hablar a las jueces Elena Kagan y Sonia Sotomayor. De hecho, fui a este evento justamente para ver a la juez Sotomayor, porque en ese momento necesitaba escuchar las palabras sabias de una latina como ella.

La juez, es, y ha sido por algún tiempo, un faro de luz e inspiración para mí. Sus disidencias me han dado esperanza cuando parece que la Corte Suprema está decidida a rebatar nuestros derechos. En las palabras de la juez Sotomayor, veo a alguien que es justo y que cree que todos, no nomas unos pocos privilegiados, merecemos justicia y ser escuchados. Ella permanece conectada  con el mundo real y no tiene las ventajas de privilegios que prevalecen en muchas de las decisiones de la Corte en los últimos años.

En los últimos años ella ha escrito disidentes bastantes poderosos en algunos de los casos más importantes en la Corte Suprema. Cuando la juez disintió ante la opinión de la Corte a mantener la prohibición sobre las personas de países predominantemente musulmanes que ingresan a los Estados Unidos (propuesta por Trump), por ejemplo, ella dejó claro lo que estaba en juego:

La decisión de la Corte hoy falla a proteger el principio fundamental [de neutralidad religiosa]. Deja una política anunciada abiertamente e absolutamente “como un cierre total y completo de musulmanes que ingresan a los Estados Unidos” porque la política ahora se enmascara detrás de una fachada de preocupaciones de seguridad nacional. Pero este reinvento hace poco para limpiar la Proclamación Presidencial No. 9645 de la apariencia de discriminación que crearon las palabras del presidente. Basado en la evidencia en el expediente, un observador razonable concluiría que la Proclamación fue motivada por la actitud anti-musulmán.

La juez Sotomayor no deja dudas de que la prohibición no solo amenaza el bienestar y la seguridad de las personas que buscan ingresar a Estados Unidos desde países prohibidos, sino que la decisión de la Corte plantea una amenaza existencial a los principios constitucionales que son fundamentales. Ella continúa diciendo que la opinión de la mayoría, “deteriora los principios fundamentales de la tolerancia hacia la religión que la Corte en otras ocasiones ha protegido tan enfáticamente, y les demuestra a los miembros de una de las religiones con minoría en nuestro país ‘que son personas ajenas y no miembros de la comunidad política.’” Sus escrituras son potentes por que llama a la Corte, y a todos nosotros, a defender la igualdad, la justicia y el trato justo.

Pero ella es más para mí que una juez a quien admiro. Me identifico con la juez Sotomayor. Ella, como yo, es una estudiante universitaria de primera generación que asistió a la Universidad de Princeton y después a la Facultad de Derecho de Yale. Cuando habla de sus experiencias en Princeton, de sentirse como un “pez fuera del agua”, veo similitudes en mis propias experiencias. Reconozco el esfuerzo que toma ser un estudiante universitario de primera generación y tratar de permanecer en las raíces de tu comunidad y al mismo tiempo encontrar tu propia identidad.

He hablado con ella, brevemente, dos veces. En cada ocasión, ella se ha tomado un momento para prestarme toda su atención. Cuando alguien nos interrumpió, ella se aseguró de que no me fuera hasta que tuvo tiempo de preguntarme un poco sobre mí. Un fotógrafo capturó uno de estos momentos y mi esposo imprimió una copia para mi padre. Cuando vio la foto, mi padre, que no suele expresar emociones fuertes, estaba a punto de llorar. “No sabes lo que esto significa”, dijo, “para verte junto a ella. Saber de dónde venimos y ver esto, significa mucho.”

Sabía que mi padre estaba orgulloso de mí, pero nunca había pensado el significado que el éxito tenía para él, no solo por ser su hija, no solo como García, sino como latina. Justo como yo veo a la juez Sotomayor, un ejemplo de lo que podemos lograr cuando tenemos oportunidades, también lo hizo mi padre.

Hoy celebro y agradezco a la juez Sotomayor, la primera latina en la Corte Suprema, no solo porque es latina, sino porque también cree en un mundo de igualdad y equidad. Sé que ella siempre lucha por la justicia. Ella sabe que las decisiones de la Corte Suprema tienen consecuencias. Las decisiones afectan la forma en que las personas viven sus vidas, si podrán alcanzar su máximo potencial y, a veces, si vivirán o morirán. Las opiniones de la juez Sotomayor encarnan los valores constitucionales fundamentales que se supone que deben guiar a nuestro país y que actualmente parecen estar alejándose de nosotros.

En los años que vienen, su voz y su fuerza importarán mucho más. Eso es mucho peso para cualquier persona tener que sostener. Pero también sostiene el peso de su comunidad, de todos los que nos vemos en ella y vemos su éxito como nuestro éxito.

Mi padre ya no está con nosotros. Falleció el año pasado, pero vivió para ver el día en que su hija latina graduada de la Universidad de Princeton y Yale pudo hablar con otra latina graduada de las mismas universidades y que también es la primera juez latina en la Corte Suprema de los Estados Unidos. Mi padre cosechaba algodón cuando era niño para ayudar a su familia llegar al fin de mes, mientras que su hija tuvo el increíble privilegio de vivir sus valores mientras trabaja para promover los derechos de las mujeres y las niñas en todo el mundo. Su nieta, su orgullo y su alegría, vive una vida que no creo él se haya imaginado, una vida económicamente segura y abierta a posibilidades.

Y todo eso es gracias no solo a él y a mi madre, y a mis abuelos que me ayudaron a moldearme, sino también a las increíbles y valientes mujeres latinas como Sonia Sotomayor, que están marcando el camino.


The day before the full Senate voted to confirm Brett Kavanaugh to the Supreme Court, I had the bittersweet pleasure of seeing Justices Elena Kagan and Sonia Sotomayor speak. In fact, I went to this event primarily to see Justice Sotomayor because I needed to hear the words of a wise Latina.

The Justice, is and has been for some time, a beacon of light and inspiration for me. Her dissents have given me hope when it seems as if the Supreme Court is determined to rollback our rights. In her words I see someone who is fair and who believes that all of us, not a privileged few, deserve justice and to be heard.  She remains connected to the real world and doesn’t have on the blinders of privilege that pervade so many of the Court’s decisions of late.

She has written powerful dissents in some of the most consequential cases in recent years. In dissenting from the court’s opinion upholding Trump’s ban on people from predominantly Muslim countries entering the United States, for example, she made clear what was at stake:

The Court’s decision today fails to safeguard that fundamental principle [of religious neutrality]. It leaves undisturbed a policy first advertised openly and unequivocally ‘as a total and complete shutdown of Muslims entering the United States’ because the policy now masquerades behind a facade of national-security concerns. But this repackaging does little to cleanse Presidential Proclamation No. 9645 of the appearance of discrimination that the President’s words created. Based on the evidence in the record, a reasonable observer would conclude that the Proclamation was motivated by anti-Muslim animus.

She leaves no doubt that the ban not only threatens the well-being and safety of people seeking to enter the United States from banned countries but also that the Court’s decision poses an existential threat to fundamental constitutional principles.  She goes on to say that the majority opinion, “erodes the foundational principles of religious tolerance that the Court elsewhere has so emphatically protected, and it tells members of a minority religions in our country ‘that they are outsiders, not full members of the political community’.” Her writing is powerful because it calls upon the Court—and all of us—to uphold and stand for equality, justice, and fair treatment.

But she is more to me than a Justice whom I admire. I identify with Justice Sotomayor.  She, like me, is a first-generation college student who attended Princeton University followed by Yale Law School. When she talks about her experiences at Princeton, about feeling like a “fish out of water,” I hear echoes of my own experiences.  I recognize the push and pull of being a first-generation college student and trying to navigate how to remain rooted to your community while also breaking out on your own.

I have spoken with her, briefly, twice. Each time she has taken a moment to give me her full attention. When someone interrupted us, she made sure I didn’t leave until she had time to ask me a little bit about myself. A photographer captured one of these moments and my husband ordered a print for my father. When he saw the print, my father—not one to typically express strong emotions—choked up. “You don’t know what this means,” he said, “to see you standing with her. To come from where we did to this is a lot.”

I knew my father was proud of me, but I had never thought about what it meant to him that I was successful, not just his daughter, not just as a García, but as Latina. Just as I look to Justice Sotomayor as an example of what we can achieve when given the chance, so did my father.

Today, I celebrate and thank Justice Sotomayor, the first Latina to sit on the Supreme Court, not just because she is Latina but because she also believes in a world that strives for equality and fairness. I know that she always strives for justice. She knows that Supreme Court decisions have consequences. They affect how people live their lives, whether they will be able to meet their full potential, and sometimes whether they will live or die.  Her opinions embody the core constitutional values that are supposed to guide our country and currently seem to be slipping away from us.

In the coming years, her voice and her strength will matter that much more. That’s a lot of weight for anyone to hold. But she also bares the weight of her community, of all of us who see ourselves in her and see her success as our success.

My father is no longer with us. He passed away last year but he lived to see the day when his Latina, Princeton University and Yale Law School graduate daughter got to speak to another Latina Princeton University and Yale Law School graduate, who was also the first Latina Supreme Court Justice. He picked cotton as a child to help his family make ends meet while his daughter has the amazing privilege of living her values while working to advance the rights of women and girls everywhere. His granddaughter, his pride and joy, lives a life I don’t think he could have imagined—one that is economically secure and open with possibilities.

And all of that is thanks not just to him and to my mother, and to my grandparents who helped shaped me but also to the amazing and brave Latina women like Sonia Sotomayor who were out there paving the way.

It's time for change, and we must act now. Time's up.