By: Noelia Rivera-Calderón, Tom Steel FellowPosted on October 12, 2018

Scroll down for an English version.

Para Apoyar a Chicas Latinas, Tenemos que Cambiar Como Hablamos Sobre la Salud Mental

Por: Noelia Rivera-Calderón

Cuando estaba en la escuela secundaria, recuerdo pensar que no iba a llegar a los 25 años.

Sufrí niveles de ansiedad en mi penúltimo y último año de la preparatoria que me causaban náuseas persistentes, vomitaba muchas mañanas cuando llegaba a la escuela, me sentía mareada y era propensa a los ataques de pánico. Junto con la depresión persistente, la vida cotidiana era una lucha. Era muy difícil imaginar un futuro para mí.

A lo largo de mis días en la escuela, los maestros nunca decían nada cuando bajaba mi cabeza en clase, siendo resultado del agotamiento creado por mi depresión. La enfermera de la escuela dejó de llamar a mis padres cuando me quejaba de náuseas y vómitos. Mi consejero, que se reunió con todos los estudiantes de último año acerca de sus planes universitarios, notó signos de autolesión en mi. Me dijo que “dejara de hacer eso”, pero no tomó medidas para demostrar apoyo. Mis calificaciones estaban bien. Entonces, para mi escuela, yo estaba bien.

Ahora de adulta, estoy agradecida que de joven finalmente encontré el valor para pedir ayuda, y comenzar terapia antes de graduarme. Como adulta, vivo sabiendo que mi depresión y mi ansiedad no se pueden curar, pero se pueden controlar. Con apoyo y compromiso, he aprendido lo que significa priorizar y comprometerme a mi salud mental y bienestar, permitiéndome a perseguir mis sueños y prosperar lo mejor que pueda.

Pero todavía estoy mentalmente enferma. Ya no me avergüenzo de decir eso.

La enfermedad mental sigue siendo muy estigmatizada en muchas comunidades, incluyendo a la comunidad Latinx. He escuchado una variedad de críticas relacionadas con mi salud mental: soy demasiado sensible, débil, dramática, llorona, busco atención, etc. He escuchado el mensaje de “superarlo; la gente tiene problemas reales”. Escuché todas estas críticas a pesar de que la enfermedad mental estaba a todo mi alrededor: en mis familiares y en miembros de mi comunidad.

Las mujeres jóvenes necesitan escuchar lo que ahora yo sé: la enfermedad mental no es mi culpa. Es una enfermedad crónica como cualquier otra enfermedad crónica o trastorno de salud física. No me avergüenzo, y tengo derechos.

Ellas necesitan escuchar esto porque mi historia no es única. Mi historia se repite todos los días en las escuelas alrededor del país. Las chicas latinas como yo estamos desproporcionadamente, experimentando depresión y ansiedad persistentemente. Hay evidencia que sugiere que estas tasas están subiendo por el clima político de ahora, en el que las vidas de muchos Latinxs son devaladas y atacadas.

Un informe del 2017 creado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades muestra que en todo el país, casi una de cada dos (48%) Latinas de secundaria se han sentido persistentemente tristes o desesperanzadas solo en el último año. Más de una de cada cinco (22%) ha considerado seriamente suicidarse en el último año, y una de cada diez lo han intentado. Para las chicas latinas queer como yo, estas cifras son aún más duras: el 64% se siente persistentemente triste o desesperanzada, y casi una de cada dos (48%) ha considerado seriamente el suicidio, una de cada cuatro ha intentado suicidarse solo en el año pasado.

Realmente es así de simple: si no cambiamos la forma de como discutimos y manejamos la salud mental, mujeres latinas están en peligro de morir.

Las escuelas deben unirse a estos esfuerzos. Los días en donde los niños reciben significativamente más atención en el salón de clase que las niñas deberían de quedar atrás. Los comportamientos que demostre en la escuela secundaria, y que exhiben muchas niñas que luchan con una enfermedad mental, deberían ser motivo de preocupación para las escuelas, independientemente de las calificaciones de sus estudiantes. De alguna manera, también tuve la suerte de ir a una escuela con un consejero. Demasiadas escuelas aún no cuentan con profesionales de salud mental, y las que si los tienen, a veces los subestiman o están mal financiados.

Pero la presencia de un consejero en una escuela no es suficiente. Las escuelas deben ser los lugares que cambian la cultura de como hablamos sobre la salud mental, empezando por los estudiantes más jóvenes. Deben tomar el comportamiento de las niñas tan seriamente como el comportamiento de los niños, incluso aunque a veces su comportamiento puede, a veces, verse diferente.

Acabo de cumplir 29 años. Gracias a la mera suerte de tener acceso a recursos y recibir apoyo, y a pesar de que la administración de Trump hace todo lo posible por destruirnos, todavía estoy aquí. Todas las chicas también tienen el derecho de triunfar.

—————————————————————————————————————————————————

When I was in high school, I remember thinking I may not make it to the age of 25.

I suffered levels of anxiety in my junior and senior years that had me persistently nauseous, vomiting many mornings as soon as I arrived in school, lightheaded, and prone to panic attacks. Paired with persistent depression, daily life was a struggle. It was hard for me to envision a future for myself at all.

Throughout high school, teachers never said anything when I put my head down in class, depression having depleted my energy. The school nurse soon stopped calling my parents when I complained of nausea and vomiting. My guidance counselor, who met with every graduating senior about college plans, noticed my signs of self-harm. He told me to “stop doing that,” but took no steps to find support for me. My grades were fine. So, to my school, I was fine.

My adult self is grateful that my younger self eventually found the courage to ask for help, starting therapy before graduating from high school. As an adult, I live with the recognition that my depression and anxiety can’t be cured, but can be managed. With support and commitment, I have learned what it means to prioritize and commit to my mental health and wellness, allowing me to pursue my dreams and thrive as best I can.

But I am still mentally ill. I am no longer ashamed to say that.

Mental illness is still greatly stigmatized in many communities, including the Latinx community. I have heard every putdown in the book related to my mental health: I’m too sensitive, weak, dramatic, a crybaby, looking for attention, etc. I’ve heard the message of “get over it; people have real problems.” I heard all of this despite the fact that mental illness was present all around me: in family members, in community members.

Our girls need to hear what I now know: mental illness is not my fault. It is a chronic illness like any other chronic illness or physical health disorder. I am not ashamed, and I have rights.

Our girls need to hear this because my story is not unique. My story is being repeated every day in schools across the country. Latina girls like me are disproportionately, persistently experiencing depression and anxiety. There is some evidence to suggest that these rates are climbing in the current political climate, in which Latinx lives are devalued and attacked.

The most recent Centers for Disease Control report for 2017 shows that nationwide, almost one in two (48%) Latina high school girls have felt persistently sad or hopeless within the past year alone. More than one in five (22%) have seriously considered suicide within the past year—with one in ten having made attempts. For queer Latina girls like me, these numbers are even more stark: 64% have felt persistently sad or hopeless, and nearly one in two (48%) have seriously considered suicide—one in four having attempted suicide within the past year alone.

It’s really this simple: if we don’t change the way we discuss and handle mental health, our girls will die.

Schools must be partners in these efforts. Gone should be the days where boys receive significantly more classroom attention than girls. The behaviors I exhibited in high school, and that many girls struggling with mental illness exhibit, should be of concern to schools whether or not the student’s grades are suffering. In some ways, I was also lucky to go to a school with a guidance counselor at all—too many schools still don’t have any mental health or social work professionals, and ones that do underfund and undervalue them.

But the presence of a guidance counselor alone is not enough. Schools must be the places that change the culture around discussing mental health, starting from the youngest grades. They must take girls’ behavior as seriously as boys’ behavior, even if their manifestations of troubling behavior may, at times, look different.

I just turned 29. Through the sheer luck of access to resources and support, and despite the Trump administration doing its best to tear us down, I am still here. All of our girls need to make it too.

 

Take Action Donate
facebook twitter instagram search paper-plane